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A veces pienso...
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¡Ánimo Miguel!

A ver como lo cuento.

Hoy, después de comer, he recibido una llamada telefónica en mi domicilio que me ha dejado hecho polvo.

Me ha llamado a mi casa (los clientes no diferencias casa-despacho, con lo fácil que lo hago yo) un cliente amigo y por ende familiar político de mi mujer.

Se esta muriendo, el lo sabe y yo lo sé.

Es un hombre joven, de unos cincuenta y pocos años, pero el cáncer le come por dentro desde hace unos tres años.

Ha sido desahuciado por los médicos y me llamaba en mi condición de abogado para pedirme consejo sobre que gestiones hacer en estos días para que su situación patrimonial fuera lo menos perjudicial posible, económicamente hablando, para su mujer y sus hijos tras el desenlace que intuye próximo.

Haciendo de tripas corazón, y dado que una de mis especialidades es precisamente el derecho de sucesiones y la fiscalidad de estas, he desgranado lo mas desapasionadamente las posibles opciones para obtener el resultado de lo que se me pedía, máxime conociendo a fondo su situación patrimonial.

Hablaba como si quien fuera a fallecer otra persona, pero inevitablemente en la conversación se hacía referencia a cosas como “y después” o “cuando llegue el momento”. Como he dicho he intentado mostrarme desapasionado y creo que lo he conseguido.

Estoy acostumbrado a tratar con temas de fallecidos, se supone que de esto se un rato, pero la verdad es que es la primera vez que el protagonista de la sucesión me consulta para preparar su propia planificación económica, y que yo lo conozca íntimamente.

Lo peor ha sido al colgar el teléfono, cuando sentado en el sofá de mi casa hacía memoria sobre los ratos que he pasado con esa persona, lo que me he reído con él. Los almuerzos, de huevos fritos con jamón y los carajillos que nos hemos tomado algún que otro sábado, siempre a escondidas de su mujer, porque ambos ignorábamos la enfermedad para permitirnos algún que otro exceso gastronómico o etílico, aunque a mi me preocupaba y le miraba a los ojos cuando pedía otro güisqui, otro carajillo, y el me sostenía la mirada, como diciéndome, déjame disfrutar la poca vida que me queda.

Ha sido, que demonios, es, un luchador, ha trabajado duro toda su vida, siempre en la misma gran multinacional, sin estudios, pero como era una especie de McGiver, consiguió escalar a niveles de ingeniero hasta que su propia buena fe le traicionó frente a los manejos económicos y los intereses ocultos de otros que mandaban más que él.

La enfermedad le ha permitido, con la incapacidad, el plan de pensiones, y unos seguros de empresa, disfrutar de una posición económica muy holgada en estos últimos años.

No cree en Dios, odia a los curas, a los políticos y especialmente a los abogados. Pero aquí hay uno de estos últimos que no quiere que se vaya, que quiere tenerle cerca, para que vuelva a gritarme que somos todos unos sinvergüenzas, mientras no me deja pagar el almuerzo, o para que se vuelva a presentar en mi casa sin avisar para repararme una pequeña avería, después de comentarle yo lo que me pasa sin esa intención.

Lucha Miguel, lucha; mientras hay vida hay esperanza, porque como tu dices, es posible que luego no haya nada.

No sé si hoy hemos hablado por última vez, pero no dejaré que te marches sin que sepas que este sinvergüenza de abogado se encargará al menos de que tu familia no pague ni un céntimo de más de impuestos que inventan esos políticos que odias.
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1 comentario

Danuto -

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