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A veces pienso...

Segunda crónica semanal

La crónica de la semana, en su segundo intento, ya que el primero fue frustrado por la inesperada de unos clientes el viernes tarde; gravita alrededor del pasado miércoles, día para el que estaba señalada la segunda parte del macro juicio al que en su día hice referencia en otro post.

Pero empecemos por el principio.

El domingo, mi señora esposa me invitó a “hacer algo con los niños” mientras ella realizaba una serie de tareas domésticas que y no podían ser aplazadas por más tiempo.

Dicho esto, acompañado por mis dos infantes, y aprovechando que, por motivos que desconozco, ese domingo los grandes almacenes estaban abiertos, acabamos en Grancasa, y terminar en Grancasa para mi es terminar en Media Markt.

Cayó una tarjeta sintonizadora de TV, que instalé en el despacho de casa y que me permite, mientras trabajo, escribo como ahora, o navego tener la televisión encendida en una esquina de la pantalla.

La tarde del domingo la pasé dedicado a la instalación de la tarjeta. No me asusta abrir el PC para tocarlo por dentro, lo he hecho muchas veces, pero siempre tengo la impresión de que es algo comparable a una operación de apendicitis. Algo sencillo, pero que en un momento dado se puede complicar y terminar con una fatal desenlace.

Afortunadamente no fue así. Tras la correcta instalación y cableado, en pocos minutos estaba recibiendo la señal de TV en el PC.

Incluso tuve tiempo para, oh sorpresa, encontrar un par de programitas que permiten ver en el PC cierto canal de TV, que en el aparato tradicional solo se ve a rayas y el sonido no es más que chirridos.

El lunes lo dediqué casi por completo a la preparación del juicio del miércoles, preparando testimonios, interrogatorios, resumen de prueba y conclusiones. Cite a los clientes por la tarde para repasar sus testimonios, y así ocupé casi toda la jornada.

El miércoles, una conciliación laboral en el SAMA, que finalizó con acuerdo, o avenencia, como decimos nosotros, pero no sin una dura negociación estilo tira y afloja.

La tarde, un ligero repaso del juicio, y atender a unos viejos clientes con nuevos problemas.

Pero fundamentalmente, ante el viaje programado para el día siguiente, mi máxima preocupación era el tiempo. En Zaragoza es raro que nieve, y en menos de una semana lo había hecho dos veces. La tarde noche del martes estaba cayendo aguanieve y las noticias eran de cotas de nieve muy bajas y puertos cerrados o solo accesible con cadenas.

Uno de los problemas era que yo no tenía cadenas. Ante la situación, una compañera me dejó unas. Ya cuando me las entregó, en su maletín de plástico pensé “que poco pesan”.

Cuando, a las ocho y media de la tarde abrí el maletín, este, en vez de contener cadenas, contenía algunas herramientas.

Las tiendas estaban cerradas, nevaba en medio país y yo no tenía cadenas. Me resigné a, en caso de urgente necesidad, o nada más escuchar las noticias de la mañana siguiente, comprar en ruta, en alguna gasolinera, aunque fuera a precio de oro, un juego de cadenas.

El miércoles amaneció frío y con lluvia. Tras arrancar el coche a las 7:00, en la radio hablaban de cotas de nieve bajas, niebla, pero no hacían referencia a ningún puerto cerrado o que necesitara cadenas.

Efectivamente el camino, a pocos kilómetros de Zaragoza se jalonaba hasta donde alcanzaba la vista de paisaje nevado, pero la carretera estaba limpia. En los puertos, mucha niebla, y la fina lluvia me hacían extremar la prudencia. Bueno, realmente también influyeron algo los seis o siete coches que, cubiertos de nieve, y en posiciones de lo más grotescas, que fui encontrando en la cuneta durante la ruta.

Una vez pasados los altos, bien de tiempo, y ya sin inquietudes, tomé una carretera comarcal en muy buen estado, que tras aproximadamente cincuenta kilómetros me llevaba a mi destino.

El poco tránsito, el paisaje nevado y la ausencia de prisas me hicieron levantar el pie del acelerador y disfrutar del paisaje. Incluso, en un momento dado, vi una figurilla en la cuneta nevada. Levante del todo el pie del acelerador, y al llegar hasta ella, descubrí un pequeño zorro que me miraba mientras yo lo miraba, tranquilo, sin asustarse ni huir. El primer motivo para sonreír del día.

Tras una espera razonable, comenzó el juicio. Duró tres horas. Pasaron a declarar un total de once personas. Tuvimos que suspender la vista unos instantes por que se había acabado la cinta de video que grababa la vista y había que poner otra.

Tras el “visto para sentencia”, una rápida despedida de mis clientes y otra vez al coche rumbo a Zaragoza.

Calculé que no llegaba a comer a casa, así que pare en un restaurante en ruta. Revuelto de gambas y gulas (las angulas ya no existen, se extinguieron hace años), solomillo con salsa a la pimienta, y helado con chocolate caliente, un cortado, y todo ello regado con agua mineral (por si las moscas) 24,00 escandalosos euros, y todo para comer sólo. Bien, pero sólo.

La tarde del miércoles la pasé con un par de llamadas telefónicas, preparar un par de cosas, y prontito a casa. Estaba cansado.

El jueves, el acontecimiento del día no era profesional. Mi hijo Gonzalo de siete (casi ocho) años, por primera vez en su vida iba a dormir fuera de casa como consecuencia de su excursión de dos días y una noche a la granja escuela. Estaban nerviosos él y su madre, bueno, yo también estaba preocupado.

Lo despedimos en el autobús un poco tristones y tomamos un café antes de que yo volviera al despacho.

La tarde, tranquila, preparando el recurso a la condena del moldavo borrachín, a pesar de que la sentencia fue un éxito: la pena mínima. Pero como el chico es camionero, intentaremos la absolución o la rebaja en grado en la segunda instancia, aunque no lo veo muy probable.

El viernes, el día del retorno de mi hijo mayor, lo pasé por la mañana en los juzgados, entregándole a un cliente un kilito a cuenta de una indemnización, y finalizando un acuerdo con otro compañero que también suponía dinero para un cliente.

Habíamos planeado el día. El mayor de excursión. La pequeña (tres años) llevaba meses pidiéndonos quedarse un día a comer en el colegio con sus “agigas”. El día perfecto era hoy, lo que me permitió liberar a mi mujer de cocinar y llevarla a comer a un restaurante. Esta vez paella de marisco, salmón a la plancha con ensalada, mousse de café y carajillo de Bailys. De nuevo regado todo ello con agua mineral. Segundo día en la semana que como fuera de casa. Algo que odio, pero al menos esta vez no ha sido en la más miserable de las soledades.

El resto de la tarde, preparando escritos de trámite, y recibiendo a última la hora una visita inesperada y no concertada que me impidió redactar esta crónica.

El sábado crónica deportiva. A pesar del cansancio, mi chico mayor metió dos goles en su partido de liga, que terminó con el resultado de 6-2 a favor de su equipo. Siguen terceros de la tabla de Fútbol Sala Escolar Pre-Benjamín. A ver como terminan este año, que son el equipo revelación.

Más la semana que viene.
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2 comentarios

fernand0 -

Buena descripción de la apertura de un PC. Yo tengo la misma sensación cuando lo abro, si.

Danuto -

Ah, piratón, piratón... yo leyendo lo de la tarjeta y casi escribiéndote con la otra mano para advertirte de las posibilidades que tenías para con ese otro canal... pero veo que de inocente, lo justo :)))

Me ha encantado lo del zorro.
Y felicidades al chaval.
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