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A veces pienso...
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Crónica del viajecito

Salida a las 7:00 tras levantarme a las 6:30. No desayuno cuando viajo en coche, prefiero parar en destino a tomar algo relajadamente.

La temperatura es de ocho grados.

A las 7:15 ya estoy en la carretera, después de algunas vacilaciones con los cambios recientes en la salida de Zaragoza debido al estreno de la estación de Delicias.

Voy escuchando, después de oír las noticias, el último trabajo de Café Quijano.

En el puerto de La Muela, un pequeño incidente. La aguja del indicador del combustible del coche oscila sin motivo. Lo mismo indica que el depósito esta vacío como que esta medio. Al salir el depósito estaba medio, pero no me fío. Busco una gasolinera.

Amanece.

En la primera que paro la propia gasolinera está “repostando” de un camión cisterna justo el combustible que yo quiero. Le indicó al gasolinero mi preocupación y me informa que apenas un kilómetro más adelante hay otra.

En la segunda gasolinera reposto sin problemas. Aquí lo que está averiado es el ordenador. La impresora no da el ticket. Le indico a mi segundo gasolinera en el día de hoy que no lo necesito. El insiste. Al fin se da por vencido. Antes de ir al servicio le pregunto por el desvío que tengo que coger, que intuyo próximo. Me responde con vacilaciones, y no me quedo muy convencido.

Al salir de la gasolinera, me cruzo con un coche de la Guardia Civil. Les lanzo unas ráfagas de luz y les pregunto. Me informan sin dudar y con total exactitud.

La aguja de momento se queda quieta y me indica que el depósito está lleno.

Llego al desvío. Estoy a cincuenta kilómetros de mi destino. Al llegar, desayunaré.

Llego al pueblo. Pregunto por los juzgados. Tras un intento fallido con indicaciones muy vagas, me informan en un banco. No hay nadie por la calle. Son las 9:15. La vista en el juzgado es a las 10:00. ¡Perfecto! Tiempo suficiente para desayunar y dar una vuelta por el pueblo.

Aparcó frente al juzgado, salgo del coche tan sólo con la camisa de manga larga, y me quedo literalmente helado. La temperatura debe de rondar los cero grados.

Busco una cafetería por el centro de la villa. Para mi sorpresa, a las 9:20 h esta todo cerrado. Doy una vuelta literalmente congelado y vuelvo al coche. Ya he visto en los escaparates el dulce típico del pueblo, y me anoto mentalmente comprar cuando termine con el trabajo.

En el coche escucho la radio hasta las 9:45. Sin desayunar subo al juzgado. El juzgado esta instalado en dos pisos de un edificio de viviendas. Luego me dicen que construido en los años 60. He visto cosas peores.

Al poco rato llega el abogado contrario.

La noche anterior estuve realizando una pequeña investigación y descubrí que era el decano de su colegio, vamos, que su tratamiento es de Excmo. Sr.

Es un abuelito de unos setenta años, con sendos sonotones en los oídos. Simpático. Charlamos de cosas intrascendentes. Me pregunta si estaría dispuesto a llegar a un acuerdo. Le contesto que si, pero no ahora. Hablamos después.

Para mi sorpresa, aparecen sus clientes. Me quedo estupefacto. Los ha hecho venir a una vista exclusivamente técnica, donde no es necesaria su intervención. Me dice que era “por si llegábamos a una acuerdo”. Mi sorpresa se acrecenta. Uno de sus clientes ha venido desde Madrid y ha pernoctado en el hostal del pueblo. El compañero empieza a generar en mí un sentimiento de pena. No lo esta haciendo bien, y por las miradas que cruzan sus clientes, estos se están dando cuenta. Incluso uno de ellos me pregunta el motivo de que no hayan venido los míos. “No era necesario” le contesto con cierta sequedad.

Comienza la vista. Pasamos los letrados y los procuradores. El compañero lleva a una letrado asistente, joven. Es algo poco habitual.

Nos togamos todos, excepto mi procurador. Aún no se por qué.

Tenemos jueza y secretaria. Cada vez hay menos mujeres abogados y más juezas. Todas opositan. Jóvenes ambas, lo que era de esperar.

La juez mira hacia su izquierda, donde se apelotonan mi compañero, su ayudante y también mi compañera, y la procuradora. La juez le pregunta a la compañera que quien es ella y si va a intervenir. Le contesta “trabajo con él y no voy a intervenir”

La jueza me da la palabra. Me ratifico. Mi compañero me interrumpe y me pide que repita más alto pues esta “un poco teniente” (textual)

Procuro elevar la voz. Se desarrolla la vista más o menos como había previsto. En su turno el compañero se equivoca varias veces, siendo corregido en voz baja por su ayudante.

La jueza me deniega una prueba. Recurro. La dan la palabra a mi compañero y para mi sorpresa alega en relación a otra prueba que ya estaba admitida. Ni la juez ni su compañera le corrigen. Estoy presenciando el declive de quien debió ser un magnífico abogado. Todos bajamos la vista.

Acaba la vista. El resultado es excelente para mí.

Tomo un café con los dos compañeros, alejado de sus clientes, y esbozamos las líneas de un acuerdo a debatir en las próximas semanas. Me despido. 11:00

Compro el dulce típico ¡un kilo!

Me monto en el coche, ahora escucho un recopilatorio de Queen.
¡Por fin paro a desayunar en la carretera! Son las 11:15. Un café con leche y un pequeño bocadillo vegetal en pan de chapata.

Última etapa. Más tráfico, la aguja ha dejado de tontear. 13:10 horas. Llego a Zaragoza.
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2 comentarios

Antonio -

Un kilo a dividir entre mi mujer y los dos niños. Los dos niños no lo han probado, hacen ascos. Mi mujer lo ha probado, pero la conozco y el dulce no la entusiasma.

Goloso, goloso.... si sólo serán 950 gr. para mí. :-D
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Danuto -

Cuatro cosas:

Una, que no me imaginaba estas cosas así. La verdad es que personalizadas pierden tensión, creo.

Dos: que me he reído mucho con lo de que estaba teniente, el hombre.

Tres: qué marrón para sus clientes el que les haya hecho acudir para nada.

Cuatro: ¿un kilo? golosón...

saludos.
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